Subieron al avión sin que ella supiera adónde la llevaría su esposo. Él le había dicho que sería una sorpresa y que debía intentar no ponerse ansiosa.
Víctor había pasado las últimas semanas coordinándolo todo, para que el viaje fuera lo más placentero posible, asegurándose de que no sufrieran contratiempos. Estaba todo programado para que regresaran en diez días: Elizabeth debía ponerse al día con sus estudios y Federico atender sus negocios.
—¿Dime, adónde me llevarás? ¡No me tengas en llamas