El día del cumpleaños de Federico había llegado. Tenía más que suficientes razones para celebrar: había recuperado a Elizabeth, tenía un hijo hermoso y, además, había logrado que la mujer que tanto daño le había causado a su esposa terminara tras las rejas, condenada con la pena máxima por su delito.
Sin el menor remordimiento, había disuelto la sociedad con la familia de Renata. Presionó tanto al padre de ella que lo obligó a vender las acciones que aún poseía dentro de la empresa. Pero no se