Federico y Salvador corrieron por el sendero hasta que, entre los arbustos, encontraron a un joven que luchaba por mantenerse consciente.
—¿Dónde está mi esposa? —exigió Federico, agachándose para tomarlo por la ropa con violencia.
Juan, agitado apenas podía hablar.
—La ayudé a escapar… la iban a matar, aunque pagara… Señor, ella me pidió… que cuidara a Lucas…
Federico miró a su alrededor, con el rostro desencajado. ¿Cómo confiar en un delincuente, aunque fuera tan joven, casi un niño?
—¿Hacia d