El pago por la liberación se había concretado. El jefe retiró el dinero exactamente donde había indicado. Federico había dado una única orden: no intervengan hasta que ella esté a salvo. Temía que cualquier movimiento precipitado pusiera en riesgo la vida de su esposa.
Sin embargo, su hombre de confianza, Salvador, ya había desplegado un operativo encubierto para seguir al secuestrador sin levantar sospechas.
—Descuide, señor. La encontraremos hoy mismo, y ellos pagarán por lo que hicieron —dijo