Elizabeth intentaba no perder la compostura. Llevaba la cuenta de los días con esfuerzo: creía que eran dos. El lugar donde estaba era completamente cerrado, sin ventanas, sin luz natural. No podía saber si era de día o de noche. El joven que la asistía entraba y salía tan rápido que no alcanzaba a notarlo.
Por todos los medios, trataba de ganarse su confianza. Si lograba convertirlo en un aliado, quizás podría encontrar una salida. Se obligó a calmarse para pensar con coherencia y actuar en con