Alguien la sacudió.
Era ligero, pero definitivamente alguien la estaba moviendo. Neta-lee frunció el ceño y se acurrucó en posición fetal, envuelta en su largo abrigo.
—Señorita Saint-Rose — escuchó a lo lejos una voz masculina llamando —. Señorita, despierte.
—¿Qué…? — balbuceó abriendo los ojos adormilada.
—Es hora de cerrar. Debe marcharse — informó el hombre mayor parado a un palmo de distancia.
—¡Fausto…!
Neta-lee al reconocerlo, se incorporó del banquillo. Barrió la mirada por el luga