Narrador omnisciente
Lisa despertó con la sensación de haber dormido apenas unos minutos, aunque la luz tenue que entraba por la ventana indicaba que ya era de mañana. Su cuerpo estaba rígido, como si hubiera pasado la noche defendiéndose incluso en sueños. Le dolía la cabeza. Le ardían los ojos. Sentía la garganta seca, marcada por el llanto de la noche anterior.
Antes de moverse, escuchó.
Silencio.
No el silencio de una casa tranquila, sino el silencio espeso de después de una tormenta.