Narrador omnisciente
Mara estaba sentada al borde de la cama, con las rodillas abrazadas y la mirada fija en las sombras que la lámpara proyectaba en la pared. Mateo, en cambio, caminaba de un lado al otro de la habitación como si la alfombra fuera demasiado chica para la inquietud que tenía adentro. Los dos seguían con la respiración un poco acelerada, todavía calientes por la discusión que habían tenido horas antes.
—Igual no tenían por qué decirnos eso —murmuró Mara, rompiendo el silencio