El sonido del café goteando en la cafetera era lo único que rompía el silencio de la mañana. Mis manos, más firmes que en meses anteriores, sostenían con seguridad la taza humeante mientras observaba cómo la ciudad despertaba al otro lado del ventanal del pequeño apartamento. Ya no vivía con miedo constante. O mejor dicho, había aprendido a vivir con él sin permitirle gobernarme.
Gael se movía en mi vientre, dándome esos pequeños avisos de su existencia, de que el tiempo corría y mi mundo estab