Desperté con la luz del sol filtrándose por la cortina. No había sobresaltos, no había miedo, no había lágrimas. Solo el sonido del viento suave golpeando el vidrio y una paz que se sentía extraña… pero bienvenida. Me estiré lentamente, acariciando mi vientre que ya se marcaba con más claridad. Gael estaba creciendo, y con él, yo también.
Llevaba semanas repitiéndome cada mañana frente al espejo: “Eres suficiente. Eres fuerte. No necesitas que nadie te arrastre para demostrarlo.” Y hoy, por pri