El sol ya se había ocultado cuando Lautaro empujó la puerta del hospital y se dirigió directo a la habitación donde estaba internada Agustina. Llevaba una mochila colgada y el corazón agitado, no tanto por la caminata, sino por la mezcla de emociones. Mañana se iría a representar a todo un país, pero antes debía verla a ella.
Agustina estaba sentada en la cama, con el suero todavía conectado a su brazo, pero se la notaba mejor. Apenas lo vio, esbozó una sonrisa cansada.
—Sabía que ibas a venir