Jenifer seguía caminando, apretando los labios con fuerza para no quebrarse. Todavía podía oler el perfume de Erica en el aire, todavía sentía la tensión en los hombros, como si una parte de la discusión le hubiera quedado pegada a la piel. No quería pensar más en eso. No quería que nada ni nadie le robara la felicidad que había sentido al ver a Lautaro brillar en la cancha.
Cruzó el último tramo del patio, pasando por los árboles que bordeaban el camino hacia la salida. El atardecer pintaba el