Axel cruzó el umbral de la cabaña con la misma precaución con la que había caminado por el bosque. Los cuatro hombres apostados en afuera de la cabaña, esperaron a su jefe. Sin una palabra, se dirigió directamente a la habitación de Miriam.
La depositó con infinita suavidad sobre la cama, arropándola con la manta. Se inclinó y dejó un beso tan leve como el aleteo de una mariposa en su frente. Ella murmuró algo ininteligible en sueños, una sonrisa fugaz tocó sus labios, y Axel supo que, por ahor