Capitulo 44

Las órdenes estaban dadas. El plan, en marcha. Los hombres de Axel asentían con rostros graves, listos para dispersarse en la penumbra del amanecer. Pero entonces, una voz suave y firme cortó la tensión desde la puerta de la cabaña.

—Yo iré contigo.

Todos los ojos se volvieron. Miriam estaba allí, en el umbral, envuelta en una manta pero con la espalda recta y la mirada clara. Parecía frágil, pero la determinación que emanaba de ella era tan sólida como el roble más antiguo del bosque.

Axel la miró, y la negación automática, el instinto feroz de protegerla, se congeló en su garganta. No era la mirada de la mujer asustada que había llevado a su cabaña. Era la mirada del Omega.

Ella se acercó antes de que él pudiera encontrar las palabras y puso una mano suave pero firme en su pecho, deteniendo cualquier protesta.

—Voy porque voy, Axel —dijo, y su voz, aunque baja, resonó con una autoridad que no admitía réplica, llevó su otra mano a su propio pecho, sobre el corazón—Y si intentas dejar
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