Las órdenes estaban dadas. El plan, en marcha. Los hombres de Axel asentían con rostros graves, listos para dispersarse en la penumbra del amanecer. Pero entonces, una voz suave y firme cortó la tensión desde la puerta de la cabaña.
—Yo iré contigo.
Todos los ojos se volvieron. Miriam estaba allí, en el umbral, envuelta en una manta pero con la espalda recta y la mirada clara. Parecía frágil, pero la determinación que emanaba de ella era tan sólida como el roble más antiguo del bosque.
Axel la