Axel salió de la cabaña de Kaila con Miriam en brazos. Ella estaba envuelta en una manta, pero nada podía ocultar el temblor que recorría su cuerpo, ni la palidez cadavérica de su rostro. Había cerrado los ojos, agotada, pero las lágrimas silenciosas seguían surcando sus mejillas. El miedo, la agonía y el dolor que emanaban de ella eran tan palpables que se esparcieron por el claro como una onda de choque.
Los murmullo se levantaron entre los presentes, las miradas de acusaciones hacia Leticia,