Roma me recibió como una promesa. Era como si cada piedra antigua, cada arco y cada sombra de ciprés llevara siglos esperando mi llegada. Alessandro había insistido en que nos marcháramos de la villa unos días, “para respirar lejos de miradas ajenas”, dijo. Yo sabía que en el fondo quería regalarme algo más que un respiro: quería darme un mundo nuevo, suyo y mío, donde nadie pudiera interponerse.
La primera mañana nos sorprendió un cielo azul sin nubes. Desde el balcón de la suite, el Tíber co