ELENA
La contramedida entró en el juzgado a las nueve y cuarto.
Sello. Registro. Manos del fiscal.
Deberíamos respirar. Deberíamos notar que algo pesa menos.
No lo notamos.
Porque Galán sabe dónde dormimos. Víctor sabe que movimos ficha. Y entre que el fiscal lee y Víctor reacciona hay un hueco que puede durar horas o días. No sabemos cuánto.
«Necesitamos tiempo», digo.
Estamos en el coche de Marcos. Aparcados frente al juzgado. Dos cafés en el posavasos. Fríos. Nadie los toca.
«¿Cuánto?», dice