Capítulo 13. ¡Me compraste!
El fulgor la abofeteó al descorrerse sus párpados, un bautismo de luz tras la prolongada noche de su encierro. Cada pestaña se sintió pesada, reacia a abandonar la familiar oscuridad, pero la insistente claridad, como un torrente dorado, las obligó a ceder.
El mundo se presentó borroso al principio, un lienzo de manchas brillantes que poco a poco se definieron en contornos y formas.
«¿Luz?», se preguntó, sintiendo aún en la piel la opresión sufrida.
La memoria de aquel cubículo sin ventanas, do