Andrea Rossi llevaba diez minutos respondiendo a las preguntas de Maite con una calma que rozaba lo irritante. No se había contradicho. No había titubeado. Cada respuesta era un muro de hormigón: educado, impecable, inútil para la acusación.
Maite intentaba mantener el rumbo, pero Velasco, de pie junto a la puerta, no podía contener su impaciencia. Cada dos por tres interrumpía, añadía matices, trataba de reconducir el interrogatorio hacia terrenos más pantanosos.
—Señor Rossi —intervino Velas