Oficina de Andrea Rossi. Amanecer.
La luz gris del amanecer se colaba por los ventanales del piso trece, tiñendo de plata los muebles de nogal oscuro y las alfombras persas. En la oficina de Andrea Rossi, el silencio era tenso, roto solo por el tictac del reloj de péndulo y el roce de los zapatos de cuero sobre el mármol.
Matías Rossi estaba recostado contra la silla giratoria donde su primo solía sentarse, con los brazos cruzados. Había dormido en el sofá de la oficina, sin quitarse la chaque