—Enciéndelo.
Dimitri no alzó la voz, pero todos en la habitación lo oyeron. Las palabras fueron tranquilas, firmes, absolutas. Había estado junto a la ventana durante la última hora, observando la calle abajo, rastreando el patrón de los coches, el movimiento de las sombras, el peso del silencio exterior. Ahora se giró hacia el centro de la habitación, con los ojos puestos en el televisor montado en la pared.
Michael cogió el mando de inmediato y encendió el televisor. Sus dedos se movían rápid