El silencio que siguió al cierre de la grieta era casi sobrenatural, como si incluso el tiempo hubiera dejado de fluir. Las ruinas de Uruk, ennegrecidas y destrozadas, parecían respirar bajo el peso de una energía residual que se aferraba al lugar como un espectro invisible. Cada piedra fracturada, cada columna derribada, contaba una historia de gloria antigua y caos reciente. El aire estaba cargado de un calor extraño, no del fuego, sino de algo más profundo, como si la tierra misma intentara