El tiempo era un concepto extraño para Ethan ahora. Su existencia como portador del equilibrio lo mantenía en un estado de conciencia que trascendía lo físico. Cada instante fluía como un río sin principio ni fin, y aunque no había días ni noches, percibía un constante cambio, un movimiento cíclico que no necesitaba del paso del tiempo para ser real. Luz y oscuridad danzaban a su alrededor en un ballet interminable, y él era el corazón de esa armonía. Cada pulsación del Orbe en su pecho era un