El cielo era un lienzo gris cargado de electricidad, como si las nubes mismas aguardaran el momento de estallar en tormenta. El viento rugía entre las montañas de Machu Picchu, agitando las capas de los dioses y mestizos reunidos en un claro protegido por rocas cubiertas de musgo y líquenes. Allí, en el centro, se erigía Zeus.
Su presencia dominaba el espacio. La armadura dorada que llevaba parecía brillar con una luz propia, reflejando una autoridad que iba más allá de las palabras. Su rayo de