La brisa fría del amanecer acariciaba las ruinas del templo de Atenas, donde las columnas de mármol roto se alzaban como espectros de un pasado glorioso. El cielo, teñido de tonos rosados y anaranjados, parecía enmarcar el lugar como si contuviera su propio juicio sobre lo que estaba por ocurrir.
Atenea caminaba con determinación, su casco brillando bajo los primeros rayos de sol, mientras sus ojos escudriñaban cada grieta y sombra del terreno. A su lado, Artemisa avanzaba en silencio, sus paso