El amanecer llegó con una suavidad engañosa, tiñendo el cielo de tonos dorados que se derramaban sobre las montañas de Machu Picchu. Cada rayo de luz parecía un recordatorio de la belleza eterna del mundo, pero para el grupo, la atmósfera estaba cargada de una tensión que ni el esplendor del paisaje podía disipar.
Afrodita estaba de pie al borde del campamento, su figura inmóvil mientras sus ojos seguían fijos en el sendero que Ethan había tomado en la noche. Había algo en su postura que denota