La noche cubría las montañas de Machu Picchu como un velo de sombras inquietantes. El aire era pesado, impregnado con el aroma húmedo de la vegetación que crecía salvaje en los acantilados. Las estrellas titilaban débilmente en el cielo, como si observaran en silencio el drama que se desarrollaba bajo su luz tenue.
En el campamento improvisado, la fogata ardía con dificultad, sus llamas lanzando destellos anaranjados que apenas lograban iluminar los rostros cansados de Afrodita, Poseidón y Lyro