El Olimpo, alguna vez un bastión resplandeciente de poder divino, estaba ahora envuelto en penumbras. Las columnas doradas y los templos majestuosos estaban cubiertos de grietas y sombras, mientras los emisarios de Cronos, envueltos en una oscuridad impenetrable, avanzaban implacablemente. Los rugidos de la batalla resonaban como un coro caótico, y los relámpagos que Zeus lanzaba desde lo alto iluminaban brevemente el campo antes de desvanecerse en la marea de oscuridad.
Artemisa tensó otra fle