La penumbra parecía adquirir una voluntad propia, devorando la escasa luz que Lyra y Kieran lograban conjurar. El aire estaba cargado de una electricidad opresiva, y las sombras de Erebo se movían como tentáculos vivos, desgastando tanto sus cuerpos como sus espíritus.
Erebo se alzaba ante ellos como un monumento a la desesperanza, su risa resonando entre los árboles, un eco que parecía burlarse de sus intentos.
—¿Es esto todo lo que tienen? —preguntó con una sonrisa torcida, mientras levantaba