El aire en The Cliffs se sentía más denso que en las montañas, Aria caminaba por el vestíbulo con pasos vacilantes, manteniendo la mirada baja y los hombros encogidos, proyectando la imagen perfecta de una mujer rota que apenas reconoce las paredes que la rodean.
A su lado, Julian la sostenía del brazo, actuando como su guía y salvador, sin sospechar que, bajo esa máscara de fragilidad, la mente de Aria Beaumont operaba con la precisión de un cronómetro.
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