El papel arrugado del plano vibraba entre los dedos de Aria.
La caligrafía técnica de Julian, trazada con la urgencia de quien sospecha que algo está mal, era una bofetada de realidad.
Cámara acorazada.
La frase pesaba más que el hormigón.
Aria recordó a su padre, Elias, siempre meticuloso, siempre guardando secretos tras una sonrisa de caballero caído.
¿Qué había dejado bajo el suelo de su restaurante? ¿Y por qué Killian, el hombre que la besaba como si quisiera consumirla, estaba excavando en