Una alegría inmensa lo invadió de golpe. Después llegaron la conmoción, la rabia y el desconcierto. Gabriel liberó la muñeca de Gloria del agarre de Diego y se interpuso entre ambos. Al verla protegida detrás del general, Diego sintió unos celos capaces de consumirlo.
—¿No habías muerto? —Su voz salió ronca y quebrada. La miró fijamente y luego se volvió hacia el hombre que la protegía—. ¿Cómo has llegado aquí? ¿Y con él...?
Sus ojos se clavaron en la mano de Gabriel, que sujetaba el brazo de Gl