El viento que azotaba las ruinas cantaba una melodía antigua, como si cada piedra recordara el momento exacto en que la tierra se rompió en mil fragmentos espirituales. Sariah descendía por el sendero cubierto de hiedra seca y raíces encrespadas, con su mochila roja al hombro y los dedos aferrados a su báculo de energía, como si fuera su único vínculo con la realidad.
La biblioteca del Bastión Carmesí había sido clara: Los Primeros Ecos eran más que un lugar; eran un recuerdo viviente, una grie