El amanecer aún no había roto el horizonte cuando Sariah se encontró sola en el corazón del templo ancestral. El lugar donde yacían las memorias más antiguas de su linaje: el Salón de los Fragmentos. Las antorchas altas, que nunca se apagaban, lanzaban sombras que danzaban como espectros silenciosos sobre las paredes cubiertas de inscripciones.
Era un espacio reservado para los portadores, aquellos que custodiaban las verdades rotas de la Reina Serena. Y ahora, más que nunca, Sariah necesitaba