La noche había dejado de ser noche.
Sobre Liria, la luna se tornaba roja cada vez más temprano, como si el cielo no pudiera contenerla. Bajo su fulgor carmesí, los árboles se retorcían ligeramente en sus raíces, las sombras adquirían espesor y los susurros eran más que viento. Era como si el mundo respirara junto a un corazón enfermo.
Serena no dormía. Desde hacía tres días, no cerraba los ojos por más de unos minutos. Cada vez que lo hacía, veía lo mismo: un espejo. Su reflejo... y detrás, una