PARA ESTO ENTRENÉ.
LAURENTH
El aire de la enfermería estaba denso, saturado de miedo, hierbas y sangre seca.
Nada más cruzar la puerta, sentí cómo el dolor de esas mujeres me golpeaba en el pecho. Las camillas improvisadas, las mantas, los frascos abiertos… todo olía a desesperación.
Mila ya estaba allí, moviéndose sin descanso entre tazones y vapores. Sus manos iban y venían preparando ungüentos, pociones, infusiones.
—¿Cómo estás, Mila? ¿Todo listo? —pregunté, arremangándome las mangas y amarrándome le cabello.