ALFA RHYDAN
El aire de la enfermería era espeso.
Olor a hierbas, humo, sangre seca y esperanza.
Después del rugido del fuego y la matanza, el silencio dolía, pero también curaba. Los susurros reemplazaban a los gritos. Los sollozos, al fin, eran respiraciones.
Me arremangué la camisa y caminé entre las camillas improvisadas. Las mujeres dormían o lloraban en silencio. Algunas abrazaban mantas limpias, otras apenas podían moverse. Y aun así, estaban vivas. Eso bastaba.
Mila trabajaba sin detener