El olor a humo todavía me seguía, pegado a la piel como una acusación. Cada respiración era un puñetazo: sabor a fuego, metal y sangre que se mezclaba en mi garganta y me recordaba cada latido roto del campamento. El bosque, que la noche anterior había sido nuestro refugio, ahora era un cementerio que crujía y susurraba con los ecos de las vidas que se desvanecían.
Empujé la puerta de la cabaña con el hombro; la madera crujió como una vieja herida. Era pequeña, vieja, cobijada por un risco ocul