LAURETH
—No pasó nada. No pasó nada. ¡NO PASÓ NADA! —murmuraba entre dientes mientras caminaba a toda prisa por los pasillos del palacio, con los pies descalzos y la cara ardiendo.
Alya, por supuesto, no me dio respiro.
«Nada, dices… ¿y entonces por qué tu corazón late como tambor de guerra? Hace menos de un minuto estabas acurrucada en el pecho del rey, suspirando como loba en celo. Y lo peor: lo admitiste. Dijiste que te gustó».
—¡Fue un accidente! —protesté mentalmente.
«Claro… las piernas s