La penumbra del despacho improvisado en Masuria se iluminaba apenas por la lámpara de escritorio. La Dra. Rubio mantenía el celular pegado a la oreja, la voz medida y controlada, como si cada palabra fuera una bisturí afilado.
—Sí, señora McNeil… lo entiendo. Luciana está… desbordada. No escucha razones. Se ha encaprichado con el niño ha olvidado su propósito y sus objetivos. —Pausa breve, como midiendo el terreno—. ¿Qué sugieren?
Al otro lado de la línea, la voz elegante y fría de Margaret McN