La casa junto al lago parecía sacada de una postal.
Cada mañana, el sol se estiraba sobre el agua como una sábana de luz y, al primer golpe de viento, las ondas se movían como si el lago respirara. Clara se había acostumbrado a despertarse con el sonido de los patos rompiendo la superficie. A veces, en las tardes, se quedaba en la terraza con una manta sobre las piernas, diciendo que el lago tenía su propio idioma y que, si uno lo escuchaba el tiempo suficiente, podía entenderlo.
Era precisamen