Después de que mis padres se fueron, la casa quedó absurdamente en silencio.
El reloj de la cocina parecía más fuerte. Los pasos de los vecinos, más lentos. Las paredes, más anchas. Me hice un café que dejé enfriar sin tocar, abrí el cuaderno con intención de estudiar, pero las letras se me mezclaban como moscas en la cabeza.
Pensaba en Alex.
En su ausencia.
En ese vacío suyo que, aunque él no estuviera, se sentía más presente que nunca.
No sabía qué quería de mí.
No sabía si quería algo.
Pero