Desperté con la calidez de unas sábanas ajenas, y por un instante, no supe dónde estaba, era tarde, el sol estaba en todo su esplendor. Me tomó unos segundos recordar: no era mi cama, ni mi cuarto. Era el suyo. El mundo de Alex. El silencio del lugar no era el de la soledad, sino el de alguien que ha aprendido a convivir con ella.
El sol se filtraba por la cortina mal corrida, iluminando apenas los bordes de la habitación. Había algo de él en cada objeto: en los libros apilados sin orden, en la