Las luces rojas y azules iluminaban la nieve como fuegos artificiales tristes.
Nicolás sostenía a Reik y a Nielsen en brazos cuando la policía subió las escaleras y rodeó la habitación. El oficial al mando habló con voz grave:
—Señor, suéltelos y levante las manos.
Reik temblaba.
—No… no lo culpen… —musitó, pero Nicolás obedeció. Depositó a Reik y al niño en el suelo y alzó las manos, y el corazón destrozado.
Lo esposaron y lo sacaron frente a un corro de vecinos chismosos y curiosos. Reik apen