La campana del ascensor anunció la llegada al piso de la presidencia con un tintineo gélido. Las puertas se deslizaron, pero Máximo no la soltó de inmediato. Se tomó un segundo para recomponer su máscara de frialdad absoluta; ajustó los puños de su camisa de seda y tensó la mandíbula, aunque sus ojos verdes seguían encendidos con el fuego residual por su beso.
Salieron al pasillo y el aire pareció succionarse de los pulmones de quienes allí trabajaban. El silencio fue instantáneo. Las secreta