CAPÍTULO 40
Sebastián la observó mientras subían en el ascensor. Vio la palidez de su rostro bajo la luz fluorescente, el rímel ligeramente corrido y la forma en que se abrazaba a sí misma, como si intentara mantener sus piezas unidas.
— Estás temblando —dijo él, rompiendo el silencio con suavidad.
— Es el frío —mintió ella, aunque ambos sabían que la noche era templada—. Y la rabia. Y... bueno, ver a alguien que conociste durante cuatro años siendo arrastrado por la policía no es exactamente l