CAPÍTULO 18
A las cuatro y media, Sebastián salió de su despacho. No llevaba la chaqueta puesta, pero su camisa blanca permanecía impoluta, sin una sola arruga. Se detuvo frente al escritorio de Catarina, apoyó una mano sobre la superficie de madera y la observó con esa intensidad analítica que a ella le erizaba la piel.
— Catarina, apaga el ordenador —ordenó con voz calmada.
Ella levantó la vista, sorprendida, con los dedos congelados sobre el teclado a mitad de una frase.
— Pero todavía falta