Sus caderas chocaron contra los músculos de ella, cada embestida era más profunda que la anterior. Lena ahogó un gemido ruidoso contra su hombro, clavando las uñas en sus bíceps, mientras la ola de placer la arrastraba con cada penetración, sentía crecer el deseo en su vientre, dejándola aturdida.
El sonido de sus gemidos, rasgado y sin censura, fue el látigo que avivó el fuego en Bruno. Cuando sus miradas se encontraron de nuevo, él pudo ver en las pupilas dilatadas de ella una rendición absolu