Bruno caminó con su hija hacia el carro. Al llegar a la parte trasera del vehículo, abrió la puerta y la dejó mirar. De inmediato, sus ojitos se agrandaron, brillando con una mezcla de asombro y alegría. Por un segundo se quedó inmóvil, como si no pudiera creer lo que veía. Luego, una sonrisa se extendió por su rostro, tan pura y radiante que a Bruno se le apretó el pecho y un hormigueo recorrió todo el cuerpo.
—¿Son para mí, papá? —preguntó, con su vocecita llena de entusiasmo.
—Sí. ¿Te gustan?