El labio inferior de Lena tembló mientras maquinaba una respuesta cortés. Sostenía la mirada de él para que no percibiera el pánico que se agitaba dentro de ella.
—Siempre hay una primera vez, señor Donato —respondió, forzando sus labios hacia arriba.
Por dentro, el miedo la consumía. Sabía que la situación era peligrosa, y para su desgracia, el restaurante estaba vacío. Sin posibilidad de pedir ayuda, agitó su brazo con firmeza, liberándose de aquella mano helada y rígida que la sujetaba.
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